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El último vuelo

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LO REAL

Aquí, en la isla del Oso, en los 74° 24′ N  y 19° 06′ E, vuelvo a mirar hacia el norte. Recuerdo el verano en el que Roald se subió en aquel hidroavión con la sensación de que iba a ser su último viaje. Su sexto sentido de explorador se había disparado en el momento en que revisó con el piloto el plan de vuelo.

En esta isla, un corazón de 178 kilómetros cuadrados, situada en el mar de Barens, a unos doscientas veinte millas del territorio europeo y a más de mil cien millas del Polo Norte, en el porche de la casa que aún guarda las huellas de los cazadores de focas que ya por 1822 la habitaban, rememoro la discusión que dio origen a la pérdida de Roald. El orgullo, siempre el orgullo de los humanos.

Pienso en aquel salón de Alaska, donde los ánimos de las cuatro personas que estaban allí era una mezcla de ilusión y desengaño. Ilusión porque iban a sobrevolar el Polo Norte en dirigible. Desengaño, el que sentí cuando los dos amigos discutían acerca de quién era el pionero. Los celos. El orgullo. Vi la cara enrojecida de Umberto, discutiendo con la pasión de un italiano fogoso, frente a la determinación de un veterano, quince años mayor que él. Era el mito de Guillermo Tell cuando el hijo decide que ya era hora de que el padre mantenga la manzana en la cabeza. Al final se decantó por la experiencia: ya que Roald era el líder de la expedición, la gloria era suya. Desde ese día Umberto dejó de hablar al que había sido su mejor amigo y, en muchos aspectos, su tutor.

Pero cuando Roald se enteró de que el italiano había desaparecido no tardó en buscar apoyos para rescatarlo. Y me llamó a mí. Ya que había estado en el dirigible junto a ellos, yo era la persona indicada para volverlos a juntar.

Recuerdo cuando nos juntamos en Noruega. La mirada de Roald era una mirada de cansancio, casi de aceptación. Se imaginaba que iba a ser su último viaje. Pero éste tenía que hacerlo. Ya no se trataba de encontrar el paso de Noroeste ni de conquistar el Polo Sur. Era la aventura de recuperar la amistad.

Cuando me llegaron noticias de que el hidroavión Latham 47, el más moderno y avanzado de aquellos tiempos se había perdido, hice todo lo que estuvo en mi mano sin importar el gasto. ¡Es curioso el surrealismo de la vida! Mi dinero obtenido gracias al carbón gastado en el hielo.

No tuvimos éxito. Ninguna de las misiones que se enviaron lo tuvo. No obstante, yo, Lincoln Ellsworth, viviendo como uno de esos pioneros cazadores de focas aquí, cerca de donde Roald yace en el mar, no cejo en mi empeño de encontrarlo.

LAS NOTICIAS

FUENTE: el_pais_logo (enlace)

En busca del aventurero antártico Amundsen

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