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Los muertos nos observan (parte 2)

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NdA.- Aquí está la segunda parte del relato sobre los muertos. Para la primera parte PINCHA AQUÍ.

LO REAL

Provenía del lugar donde habían estado levantando el suelo el día en el que ocurrió el accidente en la obra. La puerta que comunicaba con el patio estaba cerrada. Se lamentó de no haberse quedado con una copia de las llaves. Entró de nuevo en el despacho y se asomó por la ventana. No se veía nada. Intentó alumbrar con el mechero, pero la luz que daba era escasa. En ese momento, oyó un ruido a sus espaldas. Era la voz susurrante que había oído el día anterior. Ahora su curiosidad pudo más que su miedo. Decidida, fue hacia la puerta. La voz era más penetrante, pero las palabras eran las mismas: “¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”.

Llegó a la puerta y pudo ver una sombra fantasmal que pasó rápidamente frente a ella dejando un olor a papeles amarillentos. Podría jurar que tenía una forma que recordaba vagamente a una persona vestida con un traje pasado de moda, comido por la polilla. Había algo antiguo y decadente en toda esa figura. No solo el olor a cerrado, sino un toque a putrefacción.

La figura dobló la esquina. P supuso que se la encontraría frente a la puerta de la calle, que ella sabía que estaba cerrada. Al llegar a la esquina P increpó al intruso:

–          ¡Oiga! ¿Por dónde ha entrado?¿Quién es usted?

Suponía que el interrogatorio iba a comenzar en cuanto ella doblara la esquina. Había perdido el miedo que tenía, al evaluar que, en un posible enfrentamiento, ella llevaría las de ganar frente a una figura que no parecía transmitir mucha fuerza. Pero al doblar la esquina no vio a nadie. La puerta permanecía cerrada y en el ambiente seguía flotando ese olor a papel viejo. No había ningún lugar donde pudiera haberse escondido. Simplemente, y aunque eso chocara contra el sentido común, había desaparecido. P decidió que algo muy raro estaba pasando y, en su interior, comenzó a relacionarlo con la obra que había quedado parada el mismo día en que empezó todo. No quería estar sola y por eso quedó en un bar con los que ella consideraba sus amigos.

Intentó despejarse hablando de trivialidades. Todos intentaban bordear la cuestión, pero estaba claro que flotaba en el ambiente. P lo soltó, casi sin darse cuenta:

–          Creo que en el departamento hay un fantasma. Y que es quien ha matado a Hidalgo.

Se produjo un sepulcral silencio. Todos se miraron. Tras un largo rato en el que lo único que se oía eran las conversaciones de las mesas vecinas, alguien le preguntó:

–          ¿Qué te hace pensar eso?

–          Hoy lo he visto. Y creo que esta noche va a haber otro…

–          ¿Otro asesinato?

–          Sí

–          ¿Quién?

–          No lo sé. Pero intuyo que debe ser alguien del departamento.

–          Habría que avisar a la policía.

–          ¿Para decirle que creo haber visto un fantasma y que, sin saber cómo, creo que alguien va a ser asesinado? No creo que me hagan mucho caso.

De nuevo, el silencio dio paso al ruido de las mesas de al lado. Todos se aferraron al vaso de cerveza intentando encontrar en el fondo alguna explicación a tan extraños acontecimientos y a tan extrañas palabras. P no era un persona que tomara a broma cosas tan serias como un asesinato. Quizá creyera en curanderas, pero no parecía muy suyo lo de creer en fantasmas. O por lo menos, pensar que un fantasma era el causante de todo ese embrollo. Una idea era común: todos estaban pasando por momentos de tensión y cada uno reacciona de manera distinta y, en muchos casos, imprevista. Decidieron que ya era hora de ir a descansar e intentar lograr que los sueños de esa noche fueran placenteros.

Todos deseaban un día nuevo, rutinario. Pero la noche iba a ser un poco más movida de lo que se esperaba. Cuando sonó el teléfono, P creyó que se trataba del despertador. Miró el reloj y vio que eran, apenas, las cuatro de la mañana. Al otro lado una voz conocida, pero bastante alterada la despertó con un mazazo:

–          Han matado a Serafín – dijo De La Escala. – Me acaba de llamar su mujer. Está al borde de la histeria.

–          ¿Cómo?

–          Han matado a Serafín – repitió- Su mujer lo ha encontrado en su despacho. Tenía el cráneo destrozado. Lo han golpeado con el libro sobre Nuevos Yacimientos de Empleo que íbamos a publicar. Voy para su casa, estoy aquí al lado.

–          Nos vemos allí.

P se sentó en el borde de la cama. Maldijo a su compañero por estar cerrando el trato de su restaurante y no estar con ella en esos momentos. Se vistió lo más deprisa que pudo y se dirigió hacia el piso de Serafín. Había dejado de llover hacía poco tiempo y el asfalto estaba resbaladizo. Sin embargo, condujo su coche rojo por las desiertas calles a más velocidad de la recomendada. Al llegar cerca de la casa de Serafín ya pudo ver el reflejo de las luces de emergencia y el movimiento de gente alrededor. Dejó el coche encima de una acera y recorrió a pie los últimos metros. Había allí mucha gente agolpada y, justo cuando ella llegaba, una de las dos ambulancias partía con las luces apagadas. Estaba claro que no se podía hacer nada. Una pareja de policías impedían la entrada hasta la llegada del juez para que pudieran levantar el cadáver. De la Escala apareció por la puerta, llevando del hombro a la mujer de Serafín. Le hizo una seña para que se acercara.

–          ¿Qué ha pasado?

–          No lo sabemos- dijo De La Escala, intentando aparentar una seguridad que no poseía. – La mujer de Serafín dice que no oyó nada. El estaba en su despacho y ella en la cama. Se quedó dormida. Al cabo de una hora despertó extrañada de seguir sola en la cama. Fue al despacho de Serafín y…

La mujer de Serafín comenzó a llorar histéricamente. Aunque le habían dado un calmante, no parecía haberle hecho efecto. De La Escala se volvió al enfermero que venía detrás de ellas y se la pasó.

De La Escala cogió a P por el brazo y la llevó fuera de las luces.

–          ¿Tú sabes quién está haciendo esto?

–          ¿Cómo me preguntas eso a mí? ¿Acaso crees que tengo algo que ver?

–          No, no… Pero es extraño que en dos días hayan muerto dos personas relacionadas con el observatorio. Y en tan extrañas circunstancias.

–          ¿No creerás realmente que yo…?

–          No sé qué creer. Dentro de unas horas, cuando estemos más descansadas nos vemos en tu despacho. Tenemos que hacer un comunicado oficial…

–          Cuando quieras.

P se soltó del brazo de De La Escala. En su mente aún flotaba la mirada de desconfianza con la que le había preguntado si ella sabía algo del asunto. Y también la mirada de falsedad con la que le había contestado que no creía que estuviera implicada. Se fue a su casa y se tumbó en la cama. Media hora después sonó el despertador. Durante esa media hora, P fue dándole vueltas a lo que a todas luces parecía una locura. Pero, ¿acaso no era toda la situación una locura desde el momento en que empezó?

Al llegar al departamento cogió el teléfono e hizo varias llamadas. Parecía hiperactiva, tomando notas, consultando a personas que las derivaban a otras personas. Llamó varias veces al ayuntamiento, al registro, al archivo. Usó algunas de sus influencias para conseguir información que, de otra manera, hubiera tardado semanas, si no meses, en obtener.

Casi al final de la mañana, justo antes de que De La Escala apareciera por su despacho, ya tenía todo lo que necesitaba en su cuaderno de notas y ya había trazado el plan. Lo único que faltaba era saber si podía contar con la ayuda de sus amigos. Marcó una extensión en el teléfono.

–          ¿Isabel? Hola soy P. Sé que te parecerá una locura pero ¿podríais venir tú y Jose esta noche al departamento? Traeos unas linternas… Y una pala. Sí, una pala. Luego os lo explico.

La noche se preveía tormentosa. Las nubes oscuras convertían el cielo en un techo plomizo que parecía a punto de derrumbarse. Las farolas apenas rompían esa oscuridad tenebrosa que rodeaba la ciudad. En la puerta de entrada ya estaban esperando Jose e Isabel. P les saludó. Ellos le preguntaron qué hacían aquí y a estas horas.

–          He estado investigando un poco esta mañana. ¿Recordáis el día en que se paró la obra?

–          El día del accidente – contestaron al unísono.

–          Sí. Ese día estaban picando en el suelo que está junto a mi despacho y  encontraron algo.  Pero no quisieron que se descubriera. Supuse, en un principio, que se trataba de algún resto arqueológico que taparon para impedir que la obra se retrasase. Pero he estado investigando. He preguntado a varias personas. Todas me contestaban con evasivas. Al final, conseguí que me lo dijeran. Con gran secretismo. Habían descubierto un cadáver.

–          ¿De quién?

–          Ahí está lo curioso. Resulta que en este asilo hubo una especie de observatorio de personas. El ayuntamiento de principios de siglo contrató a una persona para contar los habitantes que había en Córdoba. Una especie de censo de población. Pero, por lo visto, los datos no llegaron a ningún lado. Desaparecieron, al igual que el encargado de entregarlos. Creo que es el cadáver que está enterrado bajo mi despacho. Y que es el que ha matado a Hidalgo y a Serafín. Y si no me equivoco esta noche irá por De La Escala.

–          ¿Y tenemos que salvarla? – preguntó, sarcástico, Jose.

–          Déjate de tonterías. Hemos de desenterrarlo y sacar los papeles.

–          ¿Crees que todavía los lleva?

–          Sí.

–          Vamos a ello – dijo Isabel con su pragmatismo.

Mientras ellos intentaban remover la tierra apelmazada por las lluvias y la maquinaria, comenzaron a oler a papeles añejos. Se quedaron petrificados cuando vieron una figura fantasmal, apenas una sombra, que se movía por la pared. Oyeron claramente un siseo que, a P, le resultaba muy familiar. “¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”. La voz no salía de ningún lugar concreto, pero los tres podían asegurar que el siseo era urgente y escondía una violencia que iba a más en cada repetición.

–          Hay que darse prisa – dijo P

De La Escala estaba en su casa. Había terminado de cenar y decidió quedarse a ver el último programa de moda en la televisión. Su marido estaba en el despacho. Lo oía tecleando en el ordenador. Sintió un ruido a sus espaldas. Antes de volverse, la envolvió un olor rancio, a lo que huelen los archivos que están en las catacumbas. Se levantó dejando caer el mando a distancia. En el momento en que puso los ojos en la abominación que intentaba aferrarla, se quedó petrificada. Frente a ella estaba un esqueleto, vestido con ropas raídas y comidas por las polillas. Las cuencas vacías de los ojos estaban llenas de gusanos. La mandíbula inferior parecía desencajada. Aquello no podía estar vivo. Pero se acercaba hacia ella llevando en sus manos unos papeles amarillentos. De La Escala oía dentro de su cerebro un constante martilleo que parecía provenir de la figura. “¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”. “¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”. “¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”.

Justo en ese momento, Jose tocó algo con la pala.

–          Creo que ya lo tengo.

Acabó de escarbar con las manos, echando la tierra apelmazada por encima de sus hombros. Frente a él estaba el esqueleto de alguien vestido con ropas raídas. Sacudió su brazo que se había llenado de gusanos. Cuando siguió escarbando vio que  los huesos que antes habían sido sus manos sostenían algo.

–          P, creo que tenías razón. Aún tiene papeles en las manos.

A pesar del cuidado que puso, al cogerlos se deshicieron en cenizas. Los tres oyeron un suspiro de alivio.

–          Creo que ya puede descansar en paz. Ya ha entregado sus papeles – dijo P.

En ese mismo momento, frente a una paralizada De La Escala, el esqueleto que intentaba estrangularla se convirtió en humo. Pero ella no se daba cuenta. Su cerebro se había roto.

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Acerca de chemapedia

Mirando el mundo con ojos raros.

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  1. Tío, qué guapo. La verdad es que tienes la negra con eso de los plaguios, hasta la realidad te plagia, macho.

  2. Sí, Dani. Eso ya lo he dicho yo antes 😉

  3. Y lo más gracioso es que me plagio a mí mismo apareciendo como anónimo. Si es que…

  4. He escrito plaGuios?

    Dioooooooss

  5. Sí. Mucha “u” cuandu nu hace falta

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