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Los muertos nos observan (parte 1)

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NdA.- Prueba de que la realidad copia a la ficción y viceversa es esta entrada. El relato que aparece a continuación y que, debido a su tamaño aparecerá en dos entregas, fue escrito en el año 2003 en respuesta a sucesos muy parecidos a los que se cuentan en las noticias.

LO REAL

El sonido de la lluvia sobre los cristales era ocultado por el machacón ruido que producía el martillo neumático picando el suelo. Aunque las ventanas tenían cerrados sus gruesos cristales, P no podía concentrarse en su trabajo. No sólo por la falta de silencio, sino por la situación de incertidumbre que, desde unos días antes, se podía notar en todos los departamentos.

Aunque existía ese sentimiento, lo que ahora notaba P era algo distinto. Su corazón se iba acelerando con cada golpeteo del hierro del martillo neumático. Tardó un segundo en darse cuenta de que el ruido había cesado y otro en oír las voces del exterior.

–          ¡Eh, venid a ver esto!

*******

Pasado un tiempo el ruido era un recuerdo. La obra seguía parada debido al accidente que se produjo el mismo día en el que las pesadillas de P comenzaron.  Ella las achacaba al estado de tensión al que estaba sometida en su trabajo. Habían cambiado las personas y, al mismo tiempo, se habían modificado las formas. De alguna manera, se había creado un clima de desconfianza y de recelo que no facilitaba el trabajo. A ello se le unía la constante sensación de estar siendo evaluada. Las tareas programadas se acumulaban, sin que existieran unas normas claras a las que poder acudir para planificarlas. P le achacaba a todo ello el que cada noche se despertara bañada en sudor, tras verse encerrada en una habitación estrecha, sosteniendo unos papeles en sus manos y gritando “¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”.

Sin embargo, podía parecer que las cosas se estaban aclarando. “Tras la tempestad, siempre viene la calma”, se repetía P, usando el refrán, más como consuelo que como algo que ella creyera realmente. Ahora, todo el trabajo acumulado era prioritario con lo que las horas eran escasas. O por lo menos así lo sentía ella. Debido a ese sentimiento, no era raro que su jornada laboral se extendiera algo más de lo que en su contrato se recogía.

En aquella ocasión eran cerca de las 7 de la tarde. La poca luz que podía proporcionar el sol de otoño era incapaz de atravesar la delgada lluvia que, desde hacía una hora, había empezado a caer. P estaba apunto de apagar el ordenador en el que estaba trabajando cuando vio una sombra en la pared. Parecía pertenecer a alguien bajo y grueso que se acercaba por el pasillo. Llevaba algo en la mano.

P estaba segura de que no había nadie más en el edificio. Y lo que era más extraño, estaba segura de que todas las puertas estaban cerradas.

–          Hidalgo, ¿eres tú? – Silencio. – ¿Serafín? – Silencio. – ¿De la Escala? – Nada.

La sombra seguía acercándose. P dudó entre marcar en el teléfono el número de la policía o coger el pisapapeles. Se decidió por éste. Ya estaba preparada para enfrentarse a lo que fuera que se acercaba. Su corazón latía tan fuerte que parecía un concierto de percusión. La mano aferró con fuerza el pisapapeles. La sombra en la pared se iba alargando, señal de que, quien quiera que fuera, iba a aparecer por la puerta.

Desde donde estaba, P sólo podía ver unos papeles amarillentos asomando por el quicio de la puerta. En ese momento, oyó una voz susurrante que la sobresaltó. No era sólo el tono de ultratumba sino lo que dijo. Algo que la había estado inquietando desde hacía dos semanas y que ya creía olvidado.

“¡Ya los he acabado!¡He de entregarlos!”. Repetía una y otra vez la voz. P levantó la mano para lanzar el pisapapeles. De pronto, la figura pareció cambiar de idea y se volvió. Ella, con el corazón a punto de salírsele por la boca, y con la mano agarrotada fue hacia la puerta con precaución. Allí no había nadie. Dobló la esquina del pasillo. Nada. La puerta de entrada permanecía cerrada. Por allí no había entrado ni salido nadie. Sin embargo, en el aire flotaba un olor a antiguo. El olor que desprenden los papeles largamente archivados cuando salen a la luz.

Fue a la mañana siguiente cuando se dio cuenta de que lo que había sucedido no era un sueño. Al llegar al trabajo, notó un inusual agolpamiento de gente en la puerta de entrada. Parecían alterados. Alguien señaló su llegada con un movimiento de cabeza y el murmullo cesó.

–          ¿Qué os pasa?

–          ¿No te has enterado?

–          ¿Ha pasado algo malo?

–          Han encontrado a Hidalgo en su casa. Muerto.

–          ¡A Hidalgo! ¿Y cómo ha sido?

En ese momento se produjo un silencio denso. Las miradas se apartaron de ella. P volvió a repetir la pregunta obteniendo el mismo resultado. Sus ojos buscaban los de alguien que pudiera servirle de ayuda, pero no encontró ningunos.

–          Tenía unos papeles del observatorio metidos en la garganta. Lo habían ahogado- dijo Isabel.

–          ¿Cómo que unos papeles del observatorio?

–          Eso mismo. Unos informes del observatorio en su garganta.

–          Pero, ¿cómo…? ¿quién…?

–          No se sabe nada. Seguramente hoy habrá movimiento por aquí. Así que ¡prepárate!

P se sentía perdida. Un muerte siempre impresiona al ser humano. Aún más una muerte violenta. Pero el hecho es que, ahora, se trataba de una muerte violenta en la que, aunque fuera de manera indirecta, estaba implicada.

Fue hacia su despacho. Allí la estaba esperando Javi, con los ojos desencajados.

–          ¿Qué le pasa a tu móvil? Te he estado llamando. Ya te has enterado ¿no?

–          Sí, me acabo de enterar. No habré escuchado el móvil con el ruido de la radio del coche.

–          Joder, P. Vaya lío. Resulta que los papeles que Hidalgo tenía…

–          ¿Sí?

–          Eran…

–          ¿Cuáles?

–          Los del informe que íbamos a sacar la semana que viene.

–          Pero si esos papeles sólo los tenemos los del observatorio y De la Escala.

–          Así que, ya sabes quienes vamos a ser los sospechosos.

P se metió en su despacho. Intentaba no pensar en lo que había sucedido, pero era imposible. Aparte de todas las personas que ella consideraba amigas, recibió las visitas que, no por esperadas, eran menos inquietantes. Lo primero que pudo percibir fue la desconfianza de los integrantes del observatorio. En los ojos de Serafín se veía una velada acusación, envuelta en el horror que le provocaba el hecho de haber visto el cadáver. Estaba claro que tenía que ser extremadamente cautelosa en su contacto con él y con los demás. Sabía que podría seguir contando con Javi. De los demás, estaba segura de tener la ayuda de los de siempre.

Luego llegaron las “autoridades”. En primer lugar, la policía. Le hicieron una serie de preguntas de rutina y la citaron para dentro de dos días en la comisaría. Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Vinieron los buitres. Todos los medios de comunicación llegaron en oleadas para entrevistarla y para sacar carnaza de donde fuera. Televisiones y fotógrafos pululaban por el lugar buscando encuadres macabros y palabras, que, sacadas de contexto, formaran una historia amarilla y lúgubre.

Por último, recibió la visita de De la Escala. Se la veía inquieta. Balbuceaba y lo mismo acusaba que mostraba su apoyo. P sólo deseaba que todo se acabara y pudiera dedicarse a la rutina diaria, a terminar todos los trabajos pendientes y así poder despejar su mente.

Así lo hizo. Y de nuevo las horas se sumaron unas a otras. Todos sus compañeros y amigos pasaron por su despacho para decirle que fuera a descansar. Ella, con un leve movimiento de mano indicaba que lo dejaría enseguida. La verdad es que no quería estar sola pero tenía curiosidad por lo que le pasó el día anterior.

Ya estaba cerrando su despacho cuando oyó un ruido.

LAS NOTICIAS

FUENTE: El País

Calaveras bajo el hemiciclo

Los sótanos del Congreso esconden un bosque de fustes donde se han hallado huesos de antiguas criptas

Los huesos humanos, dos cráneos y tibias y peronés, hallados en la mañana del martes en los sótanos del palacio del Congreso de los Diputados por un obrero de nombre Juan Carlos, fueron reunidos en tres cajas y recogidos por un forense adscrito al Juzgado de Guardia de Madrid. Los cráneos, ennegrecidos, carecían de maxilares inferiores y presentaban un estado de conservación aceptable, según testigos. Se desconoce su origen, si bien se cree que proceden de antiguas criptas con enterramientos de nobles soterradas en un edificio conventual preexistente.

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