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LO REAL

No creo que nadie llegue a entender por qué lo maté. Aquellos que nos conocían no se explicarán cómo pude llegar a asesinar a alguien que era mucho más que un amigo para mí. Nos conocíamos desde hacía tanto tiempo que en realidad nos unía más bien una relación de hermandad que el vínculo frío de una amistad descafeinada. Nuestras vidas corrían paralelas y ese detalle hará extrañar aún más si cabe a los que vayan conociendo la noticia de su muerte a mis manos. Eramos hermanos. Es cierto. Pero él poseía algo que yo necesitaba, que era imprescindible para mi vida, aun más que su existencia. No sé si alguien habrá llegado al extremo de necesidad al que yo llegué. Frente a esa obnubilación de la mente, nada de este mundo importa, solamente el objeto del deseo. Su imagen se hace imperiosa, la necesidad se convierte en ahogo y es necesario conseguir el objeto del deseo para evitar perecer asfixiado por el deseo no obtenido. Aquel objeto era imprescindible para mi vida. Así que acabé con la suya para obtenerlo.

Todo comenzó varias semanas antes en aquella cafetería en la que nos reuníamos todas las semanas para charlas, para comentar las últimas nimiedades del mundo y para no perder el contacto que nuestros respectivos trabajos nos obligaban a aplazar. No recuerdo cómo llegamos al desafío. Supongo que empezaría con alguna bravata soltada por alguno de los dos y que el otro tomó en serio para seguir la broma. El asunto se fue caldeando y al final decidimos que la mejor manera de solucionarlo era mediante un duelo. Así que apostamos sobre quién de los dos escribiría el mejor relato, el mejor poema, el mejor cuento… En realidad no me acuerdo ahora mismo si era un género determinado o bien todos ellos. Era, ya lo he dicho, una broma, una pelea del colegiales intentando demostrar al otro que era capaz de lanzar la piedra más lejos, de hacer la travesura más grande, de lograr una cita con aquella chica del colegio…

He dicho que era una vulgar apuesta de críos. Esto fue cierto durante un tiempo, pero poco a poco se convirtió en un desafío más profundo. Tenía la obligación de ganar, no sé por qué. No puedo explicar la sensación que me invadía, aquel desenfreno que me impedía pensar en otra cosa que no fuera ganarle. Derrotarle. Vencerle. Humillarle. Había llegado a tal extremo en el que me resultaba insoportable su presencia. Me odiaba por haberle tenido como amigo, como hermano, durante todo este tiempo. Recordaba cada pequeña pelea que tuvimos cuando éramos chavales y la tomaba como motivo de venganza. Tenía que vencerle. Derrotarle. Humillarle. Mis contactos con él, nuestras citas semanales se espaciaron y procuraba no ir a los sitios en los que suponía que podía encontrarme con él. Estaba obsesionado con escribir el mejor relato, el mejor poema, el mejor cuento y no tenía lugar en mí nada más que para el odio hacia su persona.

Sin embargo no podía escribir nada. Ese odio me impedía escribir nada. Ni siquiera legaba a emborronar los folios blancos. Me sentaba en mi escritorio y mi mente se quedaba en blanco. A eso se unía una imagen recurrente que cada vez se me hacía más nítida. Veía a mi odiado enemigo en aquel cuarto rodeado de libros colocados uno encima de otro y clasificados por el orden por el que iban a ser leídos. Ahora se inclina sobre su escritorio y la luz del flexo ilumina su mano que vuela sobre los folios repletos de palabras, de frases que no puedo leer pero que sé que son maravillosas porque lo veo sonriendo de satisfacción tras revisar los folios escritos. La mano se agarra a la pluma negra que galopa, sobrevuela las hojas. Ahí está su secreto. No es él el que escribe esos relatos, esos poemas, esos cuentos que aparecen tirados por doquier en la habitación. La inspiración no se encuentra en su mente. El es un ser normal. Vulgar. No tiene capacidad para escribir relatos, poemas, cuentos que logren esa elevada calidad y que lleguen al público. Porque ahora lo imagino siendo felicitado por una multitud que se agolpa en su alrededor y que quiere tocarlo, quizá para adquirir algo de su calidad, de su facilidad para crear imágenes con las palabras. ¡Imbéciles!. ¿No sabéis que no es él el que escribe sino que es la pluma?. La pluma. LA PLUMA. SU pluma.

Eso era lo que me impedía escribir, el motivo de mi obsesión, el porqué me estaba volviendo un neurótico-paranoico. No conseguía escribir ni una sola frase, tener una idea aunque fuera simple, un motivo aunque fuera banal, un argumento aunque fuera infantil. Cerraba los ojos y lo único que veía era su mano aferrada a esa pluma negra que era un alfombra mágica que sembraba en el campo blanco campos hermosos. Ya entendía el secreto. El no me vencería y menos utilizando trucos tan sucios. No era legal recibir ayuda. No era mi odiado enemigo el que escribía, sino la pluma la que le iba guiando la mano, la que ordenaba la tinta que iba saliendo de ella para dar forma a garabatos rápidos que una vez revisados contenían frutos preciosos y que hacían de esa hoja un santuario de belleza en el que se alojaba un relato, poema, cuento divino.

Mi deseo de vencer, de ser el ganador de esta guerra ya tenía un objetivo claro que debía de conseguir. Cada vez más claramente se distinguía en mí el deseo de apoderarme del secreto que poseía aquel que un día se dijo mi amigo, mi hermano… Yo debía vencer y para ello tenía que luchar con sus mismas armas. Tenía que conseguir, al precio que fuese aquella arma secreta con la que estaba derrotándome en una batalla injusta y desigual.

Fui a su casa. Entré. En mi interior me alegraba del hecho de no haberle devuelto la llave tal y como pensé hacerlo hacía varios días. No estaba. Me dirigí a su sala de escritura. Busqué la pluma. Fue en vano, allí no estaba. Desordené todos sus papeles. Tiré todos sus libros. Volqué todos los cajones del escritorio. No estaba allí. Me dirigí a su cuarto. En la mesilla solamente estaba el libro de Erasmo, “El elogio de la locura” y la lámpara de bronce que le regalé por su trigesimo tercer cumpleaños. Pero la pluma no aparecía por ningún lado. Harto de buscar me senté en el sofá del salón para esperar su llegada.

No pasó una hora cuando oí la puerta abrirse. Le oí entrar. Cerrar la puerta tras de sí y colgar las llaves. Fue a la cocina y, por lo que supuse, se sirvió un vaso de agua. Los pasos se alejaban en dirección a su dormitorio. No pude contenerme más y fui detrás de él. Lo alcancé en la puerta de su dormitorio. Le empujé.

– “¡Dámela!” – le dije.

“¿Qué te haces aquí?” – contestó sorprendido . Su estupefacción aumentó aún más cuando cogí la lámpara de su mesilla, aquella que un día le regalé a aquel que era amigo mí, mi hermano

– “¿Que te pasa?”

– “La pluma, la pluma, la pluma” y mientras iba diciendo ésto comencé a golpearlo con todas mis fuerzas. En mi cabeza sólo existía una imagen: la de mi mano empuñando la pluma mientras ésta se iba deslizando sobre el papel llenándolo de palabras, de frase que salían de ella.

Cuando me di cuenta mi amigo, mi hermano yacía sobre su cama con su cabeza nadando en un charco de sangre. Me fui de allí.

Lo que pasó después ya lo sabes. Supongo que alguien me vería salir de allí. Mis huellas estaban por todas partes. No tardaron en detenerme y acusarme. Y luego alguien te asignaría mi defensa de oficio.

No, no siento su muerte. Lo único que lamento es que al llegar a mi casa me senté en mi cuarto, coloqué ceremoniosamente los folios en blanco sobre la mesa y empuñé la pluma con devoción religiosa.

Pero no pasó nada. Los folios aún siguen en blanco.

LAS NOTICIAS

FUENTE: EL PAIS

Pop de efectos especiales

Nuevas tecnologías para alterar y corregir la voz trastocan el negocio de la música

KanYe West es uno de los raperos más poderosos e influyentes de la escena. Una escena que recientemente, ay, se le quedó pequeña. El artista de Chicago quiere mucho más. Dominar el mundo. Y allá donde no llegué su talento, llegará la tecnología. West editó el pasado mes su disco, 808s and heartbreak. Saludado como uno de los mejores del año pasado por unos y denostado por otros, se trata de su gran tratado de pop doliente y confesional. El único problema con el que se topó a la hora de cantar fue el detalle sin importancia de que nunca supo cantar. Así que, debido además a una ruptura reciente y al fallecimiento de su madre, el disco llegó marcado por el ubicuo uso del Auto-Tune, un aparato que sirve para corregir los errores de afinación del vocalista en apuros.

LAS IMÁGENES

Ejemplo de uso del Auto-Tune.  Vídeo: “Believe”.  Intérprete: Cher

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Mirando el mundo con ojos raros.

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  1. Este meme creo que ya me contaminó hace bastante tiempo. ¿Cuándo es el entierro de Julián? 😀

    (;,,;)

  2. Voy a tener que cambiar de amigos-hermanos. Buscaré en el Corte Inglés algunos nuevos que no sepan tanto. Por cierto, gracia por el recordatorio porque a Julián no le he dicho lo del blog.

    Un saludo.

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